La tragedia aérea que sacudió la ciudad de El Alto el pasado viernes sigue dejando heridas abiertas, tanto físicas como emocionales, entre la población afectada. Según los últimos informes médicos, al menos treinta personas continúan hospitalizadas en distintos centros de salud dentro de esta urbe, lo que refleja la gravedad y el impacto prolongado del siniestro en la comunidad local.

El jefe médico del Centro de Trauma del Hospital Corazón de Jesús, Jorge Jiris Quinteros, brindó detalles sobre la atención médica que se ha brindado a los heridos desde el momento del accidente. Indicó que los pacientes fueron distribuidos en varios hospitales y clínicas cercanas para recibir cuidados especializados. Entre estas instituciones se encuentran el Hospital del Norte, el Hospital Corea y la Corporación del Seguro Social Militar (Cossmil), además de su propio centro asistencial. Esta dispersión responde a la necesidad de atender con rapidez y eficiencia a un número considerable de víctimas con diversas lesiones.

Jiris explicó que los casos más críticos fueron trasladados principalmente al Hospital del Norte, un centro equipado para manejar emergencias graves. En contraste, en el Hospital Corazón de Jesús permanece una paciente femenina cuya evolución ha sido favorable hasta el momento, con expectativas optimistas de alta médica en las próximas horas. Esta situación evidencia la diversidad en la gravedad de las heridas y subraya la importancia de contar con una red hospitalaria coordinada para responder ante desastres masivos.

No obstante, el jefe médico lamentó que su hospital no haya recibido a los pacientes más delicados pese a ser reconocido como el primer centro de trauma homologado por la Sociedad Panamericana de Trauma. Esto podría indicar posibles deficiencias en la coordinación o en la activación del sistema de respuesta ante emergencias tras el siniestro aéreo. Jiris manifestó su incertidumbre respecto a si se activaron correctamente los protocolos y redes de emergencia desde el momento inicial del accidente.

Un aspecto crucial señalado por el profesional fue la falta o demora en establecer una zona segura alrededor del área afectada. Según explicó, lo primordial después de un accidente es que los bomberos aseguren el perímetro para permitir el ingreso ordenado y seguro de las ambulancias y equipos médicos encargados del triaje y atención inmediata. La ausencia o falla en esta etapa puede comprometer no solo la eficacia del rescate sino también la seguridad tanto de las víctimas como del personal sanitario.

Además, Jiris denunció un episodio lamentable ocurrido durante las labores médicas: sus colegas fueron agredidos por personas presentes en el lugar del accidente. Este ataque físico contra médicos y enfermeras resulta especialmente grave dado su rol fundamental en salvar vidas bajo circunstancias extremas. El jefe médico calificó esta conducta como vergonzosa, resaltando que ante una tragedia lo prioritario debe ser preservar vidas humanas por encima de cualquier otra consideración material o emocional.

Este episodio trae a colación hechos similares ocurridos años atrás durante situaciones críticas como las protestas en Senkata en 2019, cuando personal sanitario también sufrió agresiones mientras intentaba auxiliar a heridos por balas. Estas experiencias reflejan un desafío adicional para los profesionales médicos: enfrentarse no solo a emergencias sanitarias complejas sino también a contextos sociales tensos donde su labor puede ser incomprendida o incluso rechazada violentamente.

En conjunto, estos hechos ponen en evidencia tanto las heridas visibles dejadas por el accidente aéreo como las profundas dificultades estructurales y sociales que atraviesa la atención médica en situaciones de crisis. La continuidad hospitalaria para decenas de heridos demanda un esfuerzo sostenido por parte del sistema sanitario local, mientras que las tensiones externas requieren medidas para proteger al personal médico y garantizar que puedan desempeñar su trabajo sin obstáculos ni riesgos adicionales.

La tragedia ocurrida no solo moviliza recursos médicos sino también genera interrogantes sobre protocolos y coordinación entre instituciones encargadas de emergencias. Asimismo, llama a reflexionar sobre cómo construir espacios seguros para quienes arriesgan sus vidas para salvar a otros, incluso cuando imperan momentos cargados de dolor e incertidumbre entre familiares y comunidades afectadas. En definitiva, las secuelas del accidente siguen siendo palpables mucho después del impacto inicial y exigen respuestas integrales desde múltiples ámbitos para sanar tanto cuerpos como sociedades heridas

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