El 19 de septiembre de 1993 se grabó a fuego en la memoria colectiva boliviana, un día que trascendió lo deportivo al sellar la clasificación de la selección nacional a la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994. Aquella gesta, aún hoy, resuena como un símbolo de orgullo y un referente ineludible en la historia del fútbol del país.
En el corazón de aquel equipo histórico, la figura del mediocampista Milton Melgar se erigió como un pilar fundamental. Reconocido por su visión de juego y su capacidad para dictar el ritmo del equipo, Melgar es considerado uno de los futbolistas más influyentes que Bolivia ha producido. Su trayectoria incluye el privilegio de vestir las camisetas de dos gigantes del fútbol argentino, Boca Juniors (1986-1988) y River Plate (1988-1989), un logro singular para un jugador boliviano. A nivel local, también saboreó la gloria al coronarse campeón con Blooming en 1984, con un gol decisivo el 30 de diciembre ante el portero paraguayo Bataglia, y posteriormente con Oriente Petrolero en 1990.
Durante el Mundial de 1994, Melgar asumió un rol táctico menos habitual para él, desempeñándose como volante central con una maestría que lo convirtió en uno de los líderes indiscutibles del conjunto. Su despliegue en esta posición, caracterizado por su clase y liderazgo, captó la atención y admiración de la crítica especializada y del público.
Al reflexionar sobre el talento actual en el fútbol boliviano, Melgar destaca la presencia de una nueva generación de jóvenes con aptitudes prometedoras. Sin embargo, subraya la necesidad de una mayor organización y de una mejora sustancial en la competencia interna para potenciar su desarrollo. Atribuye parte de su propia calidad técnica a la práctica simultánea del futsal y el fútbol callejero en su juventud. Esta escuela informal, donde la iniciativa y la improvisación eran constantes, fomentaba una inteligencia de juego particular, especialmente por la necesidad de tomar decisiones rápidas en espacios reducidos. Advierte, no obstante, que si bien el futsal afina la agilidad mental, no debe ser una práctica exclusiva, ya que una combinación equilibrada es clave para la adaptación al fútbol de campo. Él mismo logró esta sinergia, participando en torneos nacionales de futsal mientras iniciaba su carrera profesional con Blooming.
La clasificación de 1993, que sigue siendo un tema recurrente, es vista por Melgar como el resultado de una confluencia de factores: la calidad de los jugadores, una dirigencia comprometida y, crucialmente, la llegada del técnico Xabier Azcargorta. Más allá de la ventaja de la altura o el formato del torneo, Azcargorta implementó una preparación física y psicológica exhaustiva, complementada por una cantidad sin precedentes de partidos amistosos. Este enfoque integral, que incluyó entrenamientos en el Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, fue fundamental. Además, es importante recordar que el equipo de 1993 se cimentó en gran medida sobre la base de la selección que disputó las eliminatorias para el Mundial de Italia 1990, manteniendo un 80% de sus integrantes y donde figuras como Etcheverry y Erwin Sánchez ya alternaban. Aquella selección de 1989, a pesar de no clasificar por un estrecho margen, sentó las bases para el éxito posterior.
En cuanto a su rol en el Mundial de 1994, Melgar, habituado a jugar como volante ofensivo (el 8), se adaptó sin dificultad a la posición de volante central (el 6). Esta modificación táctica respondía a la necesidad de construir el juego desde la retaguardia y asegurar una mayor salida de balón, sin que ello le impidiera sumarse al ataque. El sistema de juego implementado se caracterizaba por una intensa basculación y achique de espacios, donde la marca era una responsabilidad colectiva.
Frente a los desafíos actuales del fútbol boliviano, como la posibilidad de disputar un repechaje, Melgar enfatiza que, si bien Bolivia nunca es favorita, alcanzar esa instancia es un logro significativo que anhelan muchas selecciones, incluso históricas. Destaca la importancia de aprovechar el tiempo de preparación disponible para desarrollar un proyecto sólido entre dirigentes y cuerpo técnico, con el compromiso total de los jugadores. Sin embargo, advierte sobre la necesidad de una gran fortaleza mental, ya que, según su experiencia de más de veinte años en la selección, las victorias a menudo pueden generar una peligrosa confusión.
Melgar también aborda la eterna discusión sobre la preparación de la selección. Reconoce que, aunque la altura es una ventaja inherente que no se ha sabido explotar adecuadamente, el fútbol nacional requiere un campeonato interno que esté a la altura de las necesidades del combinado nacional. Critica la persistencia de problemas estructurales en el fútbol boliviano, como el mal estado de las canchas y la deficiente formación en divisiones menores, señalando que, a pesar de décadas de diálogo sobre estas carencias, no se han sentado las bases necesarias para un cambio real.
Finalmente, lamenta la falta de reconocimiento institucional hacia los mundialistas. Señala que la Federación Boliviana de Fútbol nunca los ha invitado a los partidos de eliminatorias, una situación que, según su testimonio, ha sido constante a lo largo del tiempo. Aunque los exjugadores no buscan entradas o pasajes, considera que es responsabilidad de la dirigencia motivar y explotar la imagen de sus figuras históricas, como ocurre en otras latitudes, contrastando con la ausencia de esta cultura en Bolivia

