Guillermo del Toro ha dedicado gran parte de su vida a la realización de esta ambiciosa adaptación del clásico relato de Mary Shelley, un proyecto que refleja con intensidad su pasión por la historia, aunque esta entrega no logra superar la barrera del exceso. Con un presupuesto que supera los 120 millones de dólares, la película se presenta como una muestra desbordante de recursos y detalles, pero carece de la sutileza necesaria para trascender más allá de su propia grandilocuencia.
Desde su puesta en escena hasta las interpretaciones, la producción se sumerge en un mundo saturado de elementos visuales y narrativos que, lejos de enriquecer la experiencia, terminan por sobrecargarla. Los personajes se mueven entre sobreactuaciones y diálogos que oscilan entre lo trivial y lo predecible, mientras que cada encuadre parece estar cargado de objetos y decoraciones que distraen más que aportar. Esta abundancia constante se traduce en un ritmo que se siente pesado y poco equilibrado.
En comparación con otras versiones cinematográficas basadas en la novela original de 1818, esta adaptación destaca por su espectacularidad y su apuesta por el impacto visual, pero no logra superar la icónica película de 1931 ni la irreverente propuesta de 1974. La narrativa se inclina hacia una mayor violencia y acción, multiplicando las escenas de muerte y destrucción, y transformando al monstruo en una figura más cercana al héroe de acción contemporáneo que al símbolo literario de la criatura incomprendida.
El relato de Frankenstein ha sido interpretado a lo largo de los siglos como una metáfora sobre temas variados, desde la arrogancia científica hasta la crítica social. En esta ocasión, el enfoque principal recae en la figura de un padre irresponsable y conflictivo, mientras se añaden subtramas de corte melodramático que incluyen enredos amorosos y traumas familiares, elementos que se sienten más propios de una telenovela que de una obra literaria clásica.
Un aspecto relevante de esta película es la tensión entre su concepción como una experiencia cinematográfica para salas de cine y su distribución final a través de plataformas digitales. Mientras del Toro buscaba que el público apreciara su detallada puesta en escena en pantallas grandes, la realidad del consumo actual, con muchos espectadores utilizando dispositivos móviles, reduce el impacto visual y favorece una experiencia más dispersa y distraída. Esta dinámica ha influido en las decisiones narrativas, con un guion que enfatiza la repetición y la claridad excesiva para adaptarse a un público que consume contenido en condiciones menos ideales.
La trayectoria de Guillermo del Toro había mostrado un prometedor talento para combinar elementos fantásticos con narrativas profundas y cautivadoras, como se evidenció en trabajos anteriores. Sin embargo, esta versión de Frankenstein se presenta como un proyecto que, a pesar de su opulencia técnica, resulta agotador y poco satisfactorio, alejándose de la magia y el encanto que caracterizaron sus mejores obras

