El Coliseo de Roma se convirtió una vez más en el escenario del Viacrucis de Viernes Santo, un evento que, bajo la dirección del papa León XIV, se cargó de un profundo simbolismo y de una fuerte admonición hacia el estado actual del mundo. En esta ocasión, el pontífice no solo presidió la ceremonia, sino que también llevó sobre sus hombros la cruz, un gesto que evocó la carga sufrida por Jesucristo en su camino hacia la crucifixión. Las meditaciones que guiaron este acto fueron redactadas por el fraile Francesco Patton, quien hasta hace poco fue custodio de Tierra Santa, una región que enfrenta una nueva ola de violencia.
El mensaje central de las reflexiones se centró en las amenazas contemporáneas que enfrenta la humanidad, entre las que destacan la guerra y los abusos del poder. En su discurso, se hizo eco de la figura histórica de Poncio Pilato, sugiriendo que su legado persiste en los líderes actuales que ejercen su autoridad sin límites ni responsabilidad. La meditación exhorta a los gobernantes a recordar que toda autoridad será juzgada por su uso del poder, especialmente en lo que respecta a decisiones tan graves como iniciar o terminar conflictos bélicos.
Cada uno de los pasajes del viacrucis incluyó oraciones dedicadas a las víctimas de guerras y genocidios. Se mencionó a aquellos que sufren las consecuencias directas de los conflictos: huérfanos, migrantes y desplazados forzosos, así como a quienes han sido víctimas de torturas. Este enfoque humanitario resalta la necesidad urgente de atender el sufrimiento ajeno en lugar de permanecer indiferentes.
La meditación también abordó la humillación sufrida por Jesucristo durante su martirio y trazó paralelismos con las experiencias dolorosas impuestas por regímenes autoritarios. Se destacó el sufrimiento infligido a prisioneros y víctimas de abusos, quienes son tratados como objetos despojados de su dignidad humana.
Un momento especialmente conmovedor fue la reflexión sobre el encuentro entre Jesús y María en su camino hacia la crucifixión. Este pasaje sirvió para poner en relieve el sufrimiento de las madres actuales que ven cómo sus hijos se convierten en víctimas de violencia y represión. Las palabras evocaron imágenes desgarradoras de madres despertando por noticias trágicas o acompañando a sus hijos en hospitales mientras sus vidas se desvanecen.
El papel de los voluntarios fue otro aspecto destacado en esta ceremonia, resaltando cómo estos individuos, sin importar sus creencias religiosas, arriesgan sus vidas para ayudar a quienes están en necesidad. Este espíritu solidario recuerda al cireneo que ayudó a Cristo a cargar su cruz.
Asimismo, el viacrucis hizo eco del sufrimiento de aquellos detenidos durante manifestaciones pacíficas y los inmigrantes atrapados en políticas crueles que les niegan derechos básicos. La narración incluyó oraciones por los niños cuyos futuros han sido robados por conflictos y por las mujeres sometidas a trata y esclavitud.
En un momento reflexivo sobre el respeto debido a los difuntos, se recordó la importancia fundamental de restituir adecuadamente los cuerpos sin vida. Se hizo hincapié en que las familias nunca deberían tener que humillarse ante autoridades para recuperar a sus seres queridos fallecidos.
Finalmente, la meditación criticó el sensacionalismo presente en ciertos sectores mediáticos que explotan tragedias humanas para atraer audiencias. Este comentario resonó con fuerza al recordar cómo Jesús fue despojado no solo de sus vestiduras físicas sino también del respeto debido como ser humano.
Este año, el viacrucis estuvo inspirado en san Francisco de Asís con motivo del octavo centenario de su muerte. El legado del santo, quien también peregrinó por Tierra Santa durante tiempos convulsos, sirvió como telón de fondo para reflexionar sobre temas actuales relacionados con la paz y la compasión hacia los más vulnerables. Así, León XIV no solo recordó el sacrificio cristiano sino también urgió al mundo a reflexionar sobre su propio papel frente a las injusticias contemporáneas.

