El 13 de febrero, la comunidad de Villa Tunari se vio conmocionada por un trágico episodio que terminó en un hecho de sangre dentro de un hogar familiar. Jheisom Calicho I., un joven de apenas 24 años, protagonizó un acto violento e irreversible al asesinar a su propio padre, Agustín, de 69 años. El crimen se produjo con una brutalidad extrema: el hombre fue atacado con un cuchillo y sufrió una herida profunda en el cuello que le provocó la muerte. Tras cometer el acto, Jheisom manifestó a su madre que había sido forzado por unos “ángeles malignos”, una declaración que apunta a posibles problemas psicológicos o trastornos mentales que ahora forman parte del proceso investigativo.
Este caso fue rápidamente tomado por las autoridades judiciales y policiales. La justicia presentó al joven ante un juez cautelar bajo la imputación de parricidio, delito tipificado en el artículo 253 del Código Penal boliviano. La normativa establece que quien mata a un ascendiente directo, como un padre o una madre, enfrenta una condena máxima de 30 años de presidio sin derecho a indulto, lo cual refleja la gravedad con la que se sanciona este tipo de crímenes dentro del ordenamiento jurídico nacional. En consecuencia, Jheisom enfrenta esta pena máxima mientras continúan las investigaciones para esclarecer todos los detalles del caso.
El contexto del crimen revela una escena doméstica común que derivó en tragedia. La víctima, Agustín, su esposa y su hijo compartían su día sin indicios previos de violencia extrema. Según el testimonio brindado por la esposa y madre respectivamente, Agustín descendió del segundo piso al primero con una herida visible en el cuello y alcanzó a advertir que había sido atacado por su propio hijo antes de desplomarse. La mujer observó a Jheisom con manchas visibles de sangre en su ropa mientras escuchaba sus extrañas explicaciones sobre la supuesta influencia de “ángeles malignos”, interpretando esto como una posible posesión demoníaca o alteración mental. A pesar del traslado inmediato al hospital, Agustín no sobrevivió. Mientras tanto, Jheisom huyó del lugar pero fue capturado tres días después por la Policía durante la noche del 16 de febrero.
Desde el punto de vista policial, el director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) en Cochabamba informó que Jheisom se acogió a su derecho al silencio y no declaró ante las autoridades. Los peritajes confirmaron una herida mortal en el cuello con una extensión aproximada de siete centímetros causada por arma blanca.
Este caso no es aislado en Bolivia; durante las primeras semanas del año se han registrado múltiples episodios similares donde los parricidios o tentativas se han convertido en hechos lamentables con consecuencias devastadoras para las familias involucradas y la sociedad en general. En El Alto, apenas días después del caso en Villa Tunari, un adolescente atacó a su madre con un arma blanca en tres ocasiones distintas. Las lesiones fueron amortiguadas por objetos personales que llevaba consigo la víctima pero aún así resultaron heridas. El agresor huyó pero fue detenido y enfrenta cargos por tentativa de parricidio. En este escenario se añade un componente emocional complejo: según sus propias declaraciones, actuó motivado por sentimientos de venganza debido a supuestos malos tratos previos recibidos.
En Oruro también ocurrió un caso desgarrador donde una mujer octogenaria fue víctima de violencia prolongada hasta culminar con su asesinato perpetrado presuntamente por su hijo adulto tras años de agresiones reiteradas. Los testimonios vecinales relatan gritos y violencia física extrema antes del fallecimiento por estrangulamiento tras torturas evidenciadas por golpes severos y fracturas múltiples.
En Santa Cruz otro episodio estremeció a la comunidad cuando Romer H.H., tras matar a su madre anciana, también acabó con la vida de su hermano durante una confrontación posterior dentro del hogar familiar. La intervención policial logró detenerlo para iniciar las indagaciones correspondientes.
Finalmente, en La Paz se registró otro intento fallido donde un hombre apuñaló gravemente a su padre durante una discusión doméstica; aunque esta vez la víctima sobrevivió gracias a la rápida atención médica.
Estos casos evidencian un patrón preocupante: los adultos mayores son particularmente vulnerables frente a actos violentos cometidos dentro del núcleo familiar. La frecuencia y gravedad con que ocurren estos delitos resaltan la necesidad urgente de abordar factores subyacentes como problemas psicológicos no tratados, conflictos intrafamiliares profundos y carencias sociales que facilitan estas tragedias.
Mientras avanza cada investigación judicial y policial para determinar responsabilidades y garantizar justicia para las víctimas y sus familias, estos hechos llaman a reflexionar sobre la importancia de fortalecer los mecanismos preventivos y protectores dentro del ámbito familiar y comunitario para evitar futuras tragedias similares que rompen no solo vidas sino también tejidos sociales fundamentales

