¿Alguna vez te has cuestionado si fuiste egoísta? Esa pregunta, formulada por una hija a su padre al inicio y al final de un documental, se convierte en el eje central de una historia que se despliega durante más de una hora. La respuesta del padre, quien renunció a su rol paternal, llega con sinceridad y arrepentimiento, mientras que la hija, tras conocer su experiencia, opta por el perdón y la comprensión de sus ausencias. Así, el cine se transforma en una herramienta para empatizar, sanar heridas y entender perspectivas ajenas.

“Tras las huellas de un dinosaurio”, dirigido por Viviana Saavedra Del Castillo, es un documental que recurre a material familiar para narrar una historia íntima y personal. Este enfoque ha sido una fuente constante de éxito para el cine boliviano en tiempos recientes, consolidándose como un género que permite explorar memorias y emociones desde la primera persona.

Este documental se suma a una lista destacada de producciones nacionales que han marcado la escena audiovisual, como “Algo quema” (2018), “Compañía” (2019), “Achachilas” (2021), “El disco de piedra” (2023), “Llaki” (2024), “Nicola” (2024) y “Me río de las olas” (2025), entre otros. La calidad y profundidad de estos trabajos posicionan al documental boliviano como un tesoro poco reconocido dentro del cine latinoamericano.

La historia comienza con la melodía de una cueca de Nilo Soruco Arancibia, evocando el paso del tiempo, acompañada de imágenes familiares: un padre, una madre y una hija. Henry Saavedra Coca, el padre, y Viviana Saavedra, la directora, protagonizan esta búsqueda de respuestas y reconciliación. La constante pregunta “¿Cuándo volverás a casa?” refleja un anhelo que se mantiene sin resolver, mientras el cine se convierte en un medio para explorar esos silencios y ausencias.

A través de cassettes, videos caseros y recortes periodísticos, el relato se enriquece con recuerdos en tonos sepia y la curiosidad infantil que cuestiona la realidad de las huellas de dinosaurios. Viviana recuerda cómo en la escuela nadie creía que su padre se dedicaba a buscar vestigios prehistóricos, ni ella misma estaba completamente segura. La interrogante sobre las partidas del padre se mantiene latente.

Henry Silvestre Saavedra Coca (1946-2017) fue un asistente de laboratorio en paleontología que colaboró con el paleontólogo Leonard Branisa en el descubrimiento de las huellas de dinosaurios en Torotoro, Potosí. Junto a otros colaboradores, como Mario Jaldín, Saavedra fue parte fundamental en el hallazgo de aproximadamente 16,000 pisadas con una antigüedad estimada en 7,000 años. Recientemente, se han descubierto nuevas huellas de especies como tiranosaurios rex, terópodos y saurópodos, evidenciando la riqueza paleontológica del lugar.

El documental es un homenaje a la pasión de un padre enamorado de los gigantes prehistóricos, acompañado por un grupo de paleontólogos, espeleólogos y aficionados que comparten ese amor por los “reyes del mundo”. Además, reivindica a los dedicados ayudantes bolivianos que, a pesar de estar bajo la sombra de científicos extranjeros, han luchado incansablemente contra el saqueo del patrimonio nacional, muchas veces facilitado por complicidades diplomáticas.

Sin embargo, la película también presenta ciertos desafíos. El uso excesivo de tomas aéreas con drones puede resultar molesto, y en ocasiones el filme se acerca a un formato de postales turísticas. Asimismo, la representación de las comunidades quechuas de Torotoro a veces adopta un tono paternalista que limita una mirada más profunda y respetuosa. La banda sonora, en ciertos momentos, convierte la narrativa en un videoclip, afectando la coherencia del relato. Estos elementos hacen que la película pierda fuerza en su desarrollo, similar a la experiencia de la ópera prima de Saavedra.

No obstante, el documental recupera su esencia hacia el final, cuando la directora vuelve a los poemas y diarios de su padre, revelando un espacio íntimo y confesional. La producción, a cargo de Rodrigo Quiroga Castro, el montaje de Daniel Moya Orías y la fotografía de Gustavo Soto Núñez, junto con la dirección de arte de Marisol Calle, aportan momentos visuales de gran belleza, como las escenas en la cueva de Umajalanta, que aportan un tono casi onírico y de suspense dentro del relato.

Estos instantes poéticos y fugaces ofrecen una vía alternativa para entender la historia, que se había extraviado en su tramo medio. Al final, el documental cumple su función terapéutica, permitiendo a una hija reconciliarse con su padre frente a su tumba, mientras reflexiona sobre la huella que dejó, tanto literal como metafóricamente.

Actualmente, esta producción, la decimoséptima película nacional estrenada este año en salas, se proyecta en la Cinemateca Boliviana, ofreciendo al público una experiencia que combina memoria, pasión y reconciliación

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