Introducir prácticas en la primera infancia enfocadas en la igualdad de género contribuye a una educación libre de estereotipos y discriminación. La Organización de las Naciones Unidas establece la igualdad de género como uno de sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para el año 2030, promoviendo políticas públicas que impulsen avances significativos en esta materia.
El rol de los padres resulta fundamental para inculcar en los niños valores relacionados con la igualdad de género. Diversos estudios han demostrado que la igualdad no solo promueve la dignidad y los derechos humanos para la mitad de la población mundial, sino que también genera impactos positivos en la economía global. Por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo señala que reducir la desigualdad de género en el mercado laboral incrementa la tasa de empleo y, por ende, el Producto Bruto Interno mundial.
En materia de salud, el acceso equitativo a la educación para niñas y mujeres se vincula directamente con la disminución de la mortalidad infantil, según análisis que abarcan más de 200 países. Además, la protección del medioambiente se beneficiaría considerablemente. Un proyecto que identifica soluciones para mitigar el cambio climático posiciona la educación femenina como una de las estrategias más efectivas para reducir emisiones contaminantes para el año 2050, destacando un retorno de inversión altamente positivo. Esto se debe a que mujeres con mayor educación tienden a adoptar decisiones conscientes sobre planificación familiar, lo que influye en el control del crecimiento poblacional y, en consecuencia, en la reducción del calentamiento global.
A pesar de que la igualdad de género es un objetivo global, la naturaleza estructural del problema implica que las acciones individuales tienen un gran potencial transformador. Pequeños gestos cotidianos, como ofrecer a los niños una variedad diversa de personajes en libros y medios audiovisuales o repartir equitativamente las tareas domésticas, pueden modificar normas sociales y ampliar el acceso de las mujeres a recursos y oportunidades.
Para iniciar este proceso desde la infancia, es clave evitar la diferenciación entre actividades y juegos basados en el sexo biológico. Limitar a los niños a ciertos tipos de juguetes o deportes puede restringir su desarrollo integral, ya que diferentes juegos estimulan distintas habilidades, tanto espaciales como sociales. Es importante fomentar en todos los niños tanto capacidades analíticas y físicas como verbales y relacionales.
Los comportamientos que los niños observan en su entorno inmediato suelen ser replicados con rapidez. Por ello, es necesario que los adultos adopten y demuestren actitudes igualitarias, incluyendo la distribución justa de responsabilidades domésticas. Además, es fundamental que los padres estén informados para dialogar con sus hijos sobre el respeto a la diversidad y evitar expresiones o frases que perpetúen estereotipos.
Aunque en el hogar se promueva un ambiente libre de prejuicios, los niños están expuestos a mensajes estereotipados en medios, escuelas y círculos sociales. Por esta razón, es esencial que los adultos no solo den un buen ejemplo, sino que también aborden explícitamente con los niños la existencia de estos estereotipos, fomentando la reflexión crítica.
El reconocimiento y la expresión libre de emociones sin distinción de género también forman parte de esta educación inclusiva. Alentar la sensibilidad, la empatía y la compasión en los niños contribuye a su bienestar emocional y a la construcción de relaciones saludables.
Asimismo, la exposición a la diversidad cultural, social y racial desde temprana edad ayuda a que los niños comprendan que la pluralidad es inherente a la condición humana. La mediación adulta en el consumo de contenidos mediáticos es recomendable para que los niños desarrollen la capacidad de cuestionar y analizar los estereotipos que puedan encontrar.
En cuanto al desarrollo de habilidades cognitivas, es importante que los padres utilicen el lenguaje numérico y fomenten conceptos matemáticos con las niñas, evitando perpetuar la idea de que ciertas destrezas son exclusivas para un género. De igual modo, enseñar a los niños a respetar las diferencias corporales y a valorar su propio cuerpo sin prejuicios contribuye a prevenir actitudes discriminatorias desde la infancia.
El conocimiento del propio cuerpo debe ser abordado con naturalidad y sin reproches. Los niños que exploran su cuerpo están en un proceso de descubrimiento saludable, por lo que se recomienda orientarles sobre los límites y espacios adecuados para estas conductas. Además, utilizar los nombres científicos correctos para los órganos genitales ayuda a evitar tabúes y facilita que los niños reconozcan y denuncien situaciones inapropiadas.
Fomentar la crianza basada en derechos e igualdad prepara a los niños para ser adultos conscientes de sus propios derechos y respetuosos de los de los demás. Esta educación contribuye a formar individuos sensibles a las injusticias, capaces de promover la paz y la resolución de conflictos, y comprometidos con una sociedad más justa, inclusiva y libre de discriminación.
En definitiva, criar a los niños en un ambiente que respete sus derechos y promueva la equidad les brinda herramientas para un desarrollo integral, empoderamiento y autonomía, permitiéndoles establecer relaciones sanas y asumir responsabilidades como miembros plenos de la comunidad. Este enfoque es clave para construir un futuro en el que prevalezcan la igualdad y el respeto mutuo

