Rodrigo Paz asumió la presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia el pasado viernes, marcando el inicio de su gestión con un enfático compromiso de reconstrucción nacional. En su discurso inaugural, el flamante líder describió la nación como devastada tras el periodo administrativo del Movimiento al Socialismo (MAS), prometiendo que el país se levantará mediante el trabajo, la honestidad y la fe.
El recién investido presidente atribuyó al gobierno saliente la responsabilidad de un profundo deterioro estatal. Detalló una economía en situación crítica, evidenciada por las reservas internacionales más bajas registradas en tres décadas, además de un panorama de inflación, escasez generalizada, un aumento significativo de la deuda, una marcada desconfianza en las instituciones y una parálisis en la administración pública. Subrayó que Bolivia atraviesa la crisis más severa de los últimos cuarenta años, y que su administración se abocará a la tarea de restaurar la nación con esfuerzo, integridad y convicción.
Paz señaló directamente a los expresidentes Evo Morales y Luis Arce como los responsables del declive económico y moral del país. Con firmeza, criticó la gestión de los recursos durante las últimas dos décadas, aludiendo a un presunto despilfarro de sesenta mil millones de dólares provenientes del gas y a una deuda acumulada, tanto interna como externa, que supera los cuarenta mil millones de dólares. Calificó estas acciones como una traición al pueblo boliviano, cuyos costos, afirmó, recaen sobre los sectores más vulnerables.
Según el análisis del presidente, la corrupción se había institucionalizado, convirtiéndose en un sistema, mientras que la tergiversación de la verdad fue elevada a la categoría de política de Estado. Cuestionó la falta de resultados tangibles en la explotación de los recursos naturales estratégicos, interpelando sobre el paradero de vastas reservas de gas y litio, recursos que, según su planteamiento, no se materializaron en beneficio del país.
En el ámbito de la política exterior, Paz anunció el fin de un periodo de aislamiento internacional, proclamando el retorno de la nación al escenario global. Declaró el cese de una Bolivia sometida a ideologías fallidas y de espaldas al mundo, enfatizando que el país se reintegraría a la comunidad internacional y, a su vez, el mundo volvería a mirar a Bolivia. Su gobierno, aseguró, promoverá una política exterior soberana, pragmática y desprovista de ataduras ideológicas, priorizando la reconstrucción institucional sobre los pilares de la ley y el respeto. Reafirmó que ningún individuo está por encima de la ley o de la nación.
El nuevo jefe de Estado delineó una propuesta de reforma profunda del Estado, con el objetivo de erradicar la burocracia excesiva, reducir el número de ministerios y desmantelar lo que denominó un Estado obstaculizador y corrupto. En el plano económico, ratificó su visión de un capitalismo para todos, un modelo diseñado para facilitar el acceso al crédito, fomentar la producción y promover la formalización de las actividades económicas para la mayoría de los bolivianos. Destacó que el ochenta y cinco por ciento de la economía nacional opera en la informalidad, e instó a crear un entorno que propicie una economía barata y una formalidad accesible.
Finalmente, el presidente hizo un llamado a la unidad nacional, considerándola indispensable para superar la crisis actual. Recordó que la historia enseña que la división conduce a la pérdida de la patria y la libertad, mientras que la unión forja una fuerza invencible. Concluyó su intervención señalando que se inicia una era de libertad y responsabilidad, instando a la ciudadanía a proteger la democracia y los símbolos patrios con respeto a la diversidad y un profundo amor por la bandera tricolor y el escudo nacional. Subrayó que su posición no es un asiento de poder, sino un mandato de servicio, una tarea nacida del amor por Bolivia y la confianza en su gente

