La nación se adentra en un nuevo ciclo político tras casi dos décadas bajo la administración anterior. El presidente entrante, Rodrigo Paz Pereira, asume el cargo este sábado enfrentando un panorama de desafíos inmediatos y de gran envergadura: la estabilización de una economía precaria, la reconstrucción de la institucionalidad judicial y la emisión de señales inequívocas de autonomía y transparencia. Este relevo de poder se produce en un contexto de profundas heridas institucionales, con el país inmerso en una crisis económica, una justicia que ha perdido credibilidad y un modelo autonómico aún por consolidar.
El escenario económico presenta un cuadro complejo y urgente para la nueva administración. Expertos en la materia señalan la confluencia de tres problemas críticos: una inflación persistente, la escasez de carburantes y la falta de divisas. Las primeras decisiones en política económica serán determinantes para estabilizar el país y evitar que la recesión actual derive en una crisis estructural. La economía que recibe el nuevo gobierno se describe como severamente afectada, desequilibrada y en recesión, con indicadores que evidencian el deterioro del modelo económico precedente.
El crecimiento económico ha experimentado una marcada desaceleración, con una contracción del 1.12% en 2024 y un modesto crecimiento del 2.4% en el primer semestre de 2025. Las proyecciones para 2026 anticipan un crecimiento aún menor, de apenas 0.9%, el nivel más bajo en la historia reciente del país. Paralelamente, el déficit fiscal del Sector Público No Financiero alcanzó el 10.2% del PIB en 2024 y podría rozar el 12% en 2025, sostenido principalmente por la deuda y la emisión monetaria. La deuda pública total asciende a un estimado del 90% del PIB, con algunas estimaciones internacionales situando la deuda bruta del Gobierno General en un 98% del PIB en 2024.
La inflación se ha convertido en una preocupación central, con una tasa interanual que supera el 23% y una acumulada del 18.3% a septiembre de 2025, proyectándose un cierre anual del 22%, lo que ha mermado considerablemente el poder adquisitivo de la población. Las Reservas Internacionales Netas han sufrido una drástica reducción del 90% entre 2014 y 2024, situándose en octubre de 2025 en solo 3,226 millones de dólares, apenas suficientes para cubrir 12 días de importación de combustibles. Las reservas de oro también disminuyeron un 43%, pasando de 42.5 a 24.1 toneladas, debido a operaciones de monetización para cubrir gastos corrientes.
En cuanto al empleo, si bien la tasa de desocupación urbana es del 2.85%, la informalidad laboral alcanza un alarmante 80%, reflejando la precariedad del mercado de trabajo. La pobreza afecta al 40.1% de la población, y el 70% presenta Necesidades Básicas Insatisfechas, con previsiones de un aumento de la pobreza moderada hacia finales de año. La balanza comercial ha sido deficitaria desde 2023, con un saldo negativo de 551 millones de dólares a septiembre de 2025, y el 69% de las exportaciones sigue dependiendo de materias primas. La Inversión Extranjera Directa fue marginal, captando solo el 0.1% de la IED regional en 2024, con 247 millones de dólares, posicionando al país como el segundo más riesgoso para invertir en la región. El sector de hidrocarburos, pilar tradicional, experimentó una caída del 53% en la producción de gas natural entre 2014 y 2025, y sus exportaciones se redujeron un 73%, impactando significativamente el ingreso de divisas. Finalmente, la ejecución de la inversión pública fue baja, del 50% en 2024 y del 18.9% en el primer semestre de 2025, lo que denota una parálisis administrativa. La visión general entre los analistas económicos es que el modelo anterior, que se benefició de una década de altos ingresos por gas sin lograr una diversificación económica, está agotado, lo que obliga a la nueva administración a reconfigurar urgentemente la dirección económica del país.
Más allá de la esfera económica, el panorama institucional se caracteriza por una profunda inestabilidad, especialmente en el sistema de justicia. Expertos en derecho señalan que el poder judicial ha sido gravemente comprometido, perdiendo su independencia y la confianza ciudadana debido a una indebida injerencia política. Se sostiene que el sistema judicial fue absorbido por el régimen precedente, desmantelando los límites institucionales que antes existían. Lo que en el pasado permitía un cierto equilibrio de poderes, como un fallo constitucional independiente que posibilitó el retorno de una figura política importante, hoy se considera impensable, habiendo la justicia sido instrumentalizada para fines políticos.
La administración entrante enfrenta el imperativo de demostrar su talante democrático, evitando replicar estos vicios sistémicos. Una prueba crucial para el nuevo presidente será la capacidad de gobernar sin interferir en la autonomía judicial. Se argumenta que, de no romperse este ciclo de control político sobre la justicia, el país no experimentará una verdadera transformación. Se considera que los cambios en el ámbito judicial deben ser inmediatos, con una nueva arquitectura institucional que garantice independencia, meritocracia y un control social efectivo. Esta transformación, más que una simple reforma, requiere un cambio de actitud institucional. Aunque podrían ser necesarias nuevas leyes y la derogación de otras, se cree que los mecanismos legales fundamentales ya existen para comenzar a estabilizar la situación institucional del Estado.
En el ámbito político-territorial, la promesa de autonomía, consagrada en la Constitución de 2009, ha quedado en gran parte inconclusa, socavada por un enfoque centralista. Los sistemas de planificación y economía regional fueron intervenidos abiertamente, subordinando a las gobernaciones y municipios al Ministerio de Economía nacional. El gobierno de Paz tiene, por tanto, el desafío de reconstruir la autonomía en la práctica, devolviendo competencias y recursos a los gobiernos subnacionales. Este proceso, se advierte, debe realizarse con cautela y de forma gradual, comparándolo con una cirugía delicada en un paciente frágil que primero necesita ser estabilizado. Una de las propuestas que genera expectativa es la política del 50/50, impulsada durante la campaña presidencial, que plantea una nueva redistribución de los recursos fiscales entre el nivel central y los gobiernos subnacionales. Aunque se considera una idea interesante, su implementación exitosa dependerá de que no desfinancie al Estado

